Canto a Manizales


CANTO A MANIZALES

Se inflama el cielo. Sublímase la hora. Esplende
El alba. Creador designio el horizonte enciende
Y, frente a la espesura y al pie de la montaña,
Emergen de la sombra los héroes de la hazaña.

Son los mismos vascos y quizás los mismos Rodas
Del Capitán famoso que celebró sus bodas
Con la aventura insigne, entre vivos pabellones
De imponentes virtudes y arrogantes pasiones;
Y también lejana prole del Caribe, ágil,
Bravo y terco guerrero, quien miró siempre frágil
El pecho opuesto, catía o gran nutabe gente,
Vástagos de Nutibara o de Toné, el valiente.

Alegres van. De su tesón al fuego, sencillos,
Labrados sobre yunques vitales y a martillos
Fuertes, en la vasta fragua de la Raza Dura,
Ilustran, para siglos, su férrea contextura,
Y por la esquiva trocha que aléjales lo alto,
Venciendo abismos, breñas y picos de basalto,
Los recios adalides irrumpen en la meta
Que del Cumanday al Cauca el corazón inquieta.

Y qué titánico empuje. Las hachas probadas
Entre ritmos y cantos de antioqueñas tonadas,
Potentes y erguidas en rudas manos, callosas,
Enarcan rápido vuelo y sus palas lustrosas
Abaten el monte y se orlan, gallardas, de lumbre,
Entre el fragor que se expande en la atónita cumbre.

Ya es extenso el abierto y hay techumbre de cielo,
De verdores que apuntan luce el pródigo suelo
Una llama crepita bajo agreste ramaje
Y en la gloria del humo se revela el paisaje.
Y vienen las recuas. Por riscos y por repechos,
Cos silbos, voces y cantos y a muy cortos trechos
Arriban los bueyes. Su vida es la acerba vida
De los picachos. Viajera en sus lomos y unida
A ellos, avanza la Raza, poblando alturas,
Y amadas, familiares, se copian sus figuras
En móviles telones de brumas y arreboles,
Junto a arrieros ávidos de cimas y de soles.
Arriero! Alma del camino, visión lozana
De esplendorosa y ardiente nebulosa humana
Que a lo lejos brilla y asciende tras la agria sierra,
Tu vida es sangre y aliento de mi propia tierra.
Arriero! Héroe de Antioquia! Tu animosa historia
Magnifica los fastos terrígenos de gloria
Y tu estampa será destello de honor que arde
En la cívica medalla que tu nombre guarde.

Yérguese la aldea, aires nativos, cordiales,
Entona un agua que salta en alegres cristales.
Triunfantes callejas lucen sus lindas mañanas
Entre hechizos de sol, azul y flores galanas;
Sobre toscas bases álzase próspero el muro;
Disípanse al lado los montes de verde oscuro;
Hay ansias, hay empeños y una capilla santa,
De la estirpe ofrenda, votiva llama levanta.
Y discurren los días y los hombres proceros,
Por entre escollos tenaces y rumbos austeros
Y cuando sus soles pasan, ya lumbre del cielo
Surges, oh! tu, pueblo y alma que entrevió el desvelo.

Breve tiempo avanzas y por un destino ciego
Estalla bajo tu techo inesperado fuego.
Ciérrase la angustia, calla tu boca abrasada,
Densa noche de humo te sepulta y anonada,
Fieras llamas te aniquilan, crujen tus cimientos
Y en trágicas pavesas se alzan tus sufrimientos.
Tu cuerpo queda trunco, borrado tu horizonte,
Leño ardido y negro te destacas en el monte….
Mas cuánto es lo grande y lo perenne de tu suerte:
De tu terrón en ascuas resurges bella y fuerte.

Tu vida comienza oh! ciudad noble y preclara
Dulces dioses te asisten. Una excelencia rara
Aviva todo tu ser, lo exalta y lo perfila,
Cual la blanca luz indeficiente que rutila
En tus altares santos, realza y enaltece
El bruñido cristal, que, al verla, se ennoblece.
Una creciente claridad , una transparencia
De todo en ti, eleva y define tu presencia.
Eres el vértice andino de las alegrías,
En donde alzan su vuelo majestuoso los días.

De abrupto y bíblico norte descienden tus hombres
De nueva estirpe patricia y de fértiles nombres,
Y en el río de tu Raza, que de siglos viene,
Se escucha un eco vibrante y sagrado, que tiene
El acento robusto de tus graves abuelos,
La profética fuerza que estremece tus cielos.
Oh! río de tu Raza. Por entre orillas duras,
Por entre eternas rocas, que doran luces puras,
Y a la ajustada sombra de normas tutelares,
Que consagró tu genio para los propios lares,
Pasan sus ondas, raudas, henchidas de un destino,
Que es como un rumor de gesta por el suelo andino.
Por ahí viene tu palabra, franca, sonora,
Nutrida por el verbo de los años, creadora
En la boca afirmativa del varón erguido
Y un arrullo y un canto en el labio enternecido.
Por ahí viene tu limo, ya purificado
De escorias, en el alto abolengo dilatado
De sus linfas claras, que lo atesoran virtuoso
Y suave, para ofrecer figura al poderoso
Músculo y a la línea primorosa y divina
De la beldad discreta que esplende en tu colina

Por ahí avanza tu recto espíritu austero,
Laminado por el golpe constante y severo
Del tiempo estricto, en el dolor sumo y fructuoso
De tempranas luchas arduas o en el clamoroso
Trabajo tesonero y sin tregua, que es tu vida,
Por lides y empresas varoniles encendida.
Y, cristal de tu Raza, oh! ciudad de victoria,
Concentras en ti valores y luces de gloria:
La fe, que arma y abrasa ; la ambición, que enardece;
La constancia, que en silencio, persiste y padece;
El altruismo, que comparte, congrega y domina;
La audacia, que busca, perfora, transpasa y culmina.

Optimo ideal tu ser encarna y un llamado
Superior te impulsa. Por tu cielo, siempre alado
Hállase el espíritu y avívase en tu lumbre,
Que es morada y eminencia del pensar tu cumbre.
No es, acaso, el friso de tus glorias el camino
De un férvido y sabio pensamiento, peregrino
De lo grande y bueno? Y no es tu labrada montaña
De dignidad enhiesta, loor, triunfo y hazaña
De tu inteligencia, si su cima destella
De potente vida interior, tal como una estrella?

Una mística ansia, un solícito anhelo,
Elación de tu fe y cavilar de tu desvelo,
Se acendraba en tus horas, maduraba en tu vida
Y buscaba en tu espacio su forma presentida.
Y entonces, sobre tu colina, tierra sagrada,
Esbelta se alzó, por la piedad transfigurada
En ánfora de Dios, de tus hombros hermosura,
La augusta catedral. Su preciosa arquitectura
Descollada en el aire, del polvo hasta la nube,
Llena tu cielo, cual salmo de tu amor que sube,
Y exalta en su concierto de formas inmortales
Y de oficios y oraciones férvidas, rituales,
A una ciudad que adora y que al azul asciende,
En una como hoguera del alma que la enciende.
Todo, en su conjunto, exacto, tiene el sentido
De lo inefable y bello: el muro ennoblecido,
La columna triunfante, la cúpula grandiosa,
El rosetón egregio y la torre majestuosa.
Y su alta virtud de joya y de recinto santo
Brota, se ilumina y se dilata, como un canto,
Cuando se sus naves vuelan notas y plegarias,
Cuando en la tarde tiembla y florece en luminarias,
Cuando la niebla la acoge y guarda en sus plumones,
Cuando las campanas forjan gloria con sus sones.

Gran fausto y armonía del cielo y de la tierra
Es el pródigo paisaje de tu verde sierra.
Una alegría nueva, sonora y refulgente
Embeleza y se extiende por tu ámbito imponente
Y es gala, esplendor, susurro o música en el viento
Todo lo que contiene el espacio con tu acento.
Frente al óleo mudable de tus atardeceres –
Oro y sangre de dioses y fantásticos seres –
En tu montaña grávida levántase pura
Tu alta cumbre de ensueño, majestad de blancura,
Que es tu tierra erguida y lanzada en ávido anhelo
De ceñirte en las sienes la hermosura del cielo.
A su influjo se ensancha en grandeza tu paisaje
Y a tus dulces voces incorpórase un lenguaje
Sublime y solemne. Ella cautiva, sorprende,
Su misterio abisma, y siempre el ánima suspende.
No te darán su olvido los siglos ni la muerte,
Porque una belleza eterna se plasmó en tu suerte.

Y vas hacia el futuro – propicio norte abierto
En horizonte vasto- airosa en el concierto
Noble y digno de la Raza. Vivas claridades
Alargan tus caminos por prósperas edades.
En ellos van tus días, intrépidos viajeros,
De ahíncos y de hazañas excelsos mensajeros.
Por ellos y muy altas desfilan tus banderas,
Proféticas de gloria, radiantes y ligeras,
Rizadas por el soplo de las aclamaciones
Y entre el amor sin término de los corazones.
Los hidalgos de tu escudo, a fuer de paladines,
Avanzan con tu nombre por todos los confines
E himnos juveniles, robustos e inspirados,
Se elevan del trabajo, que mueve tus collados
Con el ritmo de su marcha, entre el soberbio coro
Que cifra tu mañana de júbilo sonoro.

Nunca te dará el mar ni sus naves, ni su aliento,
Ni bahía grandiosa, si sol y lucimiento,
Ni engalanada de encajes llegará la ola
A rendirte el tributo de su canto. No. Sola,
Muy sola, crecerás en prestancia y fortaleza;
Mas está en tu propio sino espiritual grandeza
Y tienes de tu Raza, en la prístina bravura,
El ímpetu del ala para tu mente pura,
Te yergues sobre tu insomne cumbre, cual palmera,
Grácil y orgullosa de tu altura y tu quimera.
Tienes follaje que abraza y que recoge el cielo;
Vibras siempre al más discreto y delicado vuelo
De todo pensamiento; y eres sede del trino,
La gracia, el ensueño, el amor y el arte divino,
Y por tu fronda, en oro, y azul desvanecida,
Cuán elevada y hermosa que se ve la vida.

Néstor Villegas Duque

 

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